lunes, 2 de junio de 2014

Poniéndome al día: #leemosQuijote.

Bueno... como ya os dije en la entrada del otro día, debido a los exámenes llevo un retraso considerable en todo lo concerniente al blog, por lo que voy a intentar irme poniendo al día poco a poco. Los lunes, como ya sabéis, toca la entrada correspondiente al capítulo semanal de El Quijote. Pero resulta que son varios los capítulos que llevo atrasados, así que para no hacer la entrada eterna hasta llegar al capítulo actual, los voy a ir comentando en grupos de tres. Afortunadamente, con dos entradas me será suficiente para alcanzar al resto de participantes al reto.


Así que, sin demorarme más, paso a comentar los capítulos de esta semana:

Capítulo XVI: De lo que le sucedió al ingenioso hidalgo en la venta que él imaginaba ser castillo.

Recordamos que, en el último capítulo comentado, dejamos a don Quijote y Sancho, molidos a palos, en busca de una venta donde reposar sus heridas. Así, encontrarán una y se alojarán en ella, asignándoles por habitación un establo, que tendrán que compartir con un arriero que allí hacía noche con sus mulos. 

Éste será el gran protagonista, aunque indirecto, del capítulo porque el arriero concierta una cita a medianoche con una de las mozas que sirven en la venta. Ésta acude a la cita pero, don Quijote, aquejado otra vez de sus delirios de loco, pensando que es la hija del señor del castillo (recordemos que para él las ventas son castillos todos), que rendida de amor por él, acude a su lecho, se aferra a la moza, comenzando un forcejeo que despertará a Sancho, al arriero, al ventero y a un huésped de la Santa Hermandad. 

El resultado os lo podéis imaginar: un guirigay impresionante y, entre la confusión, los que salen cobrando son los de siempre, nuestro amigo don Quijote y su escudero. 

Un capítulo muy activo y también un tanto cómico, al imaginar la tangana que en un momento se monta en el establo. 


Capítulo XVII: Donde se prosiguen los innumerables trabajos que el bravo don Quijote y su buen escudero Sancho Panza pasaron en la venta que, por su mal, pensó que era castillo. 

Al día siguiente de la pelea producida en el establo, don Quijote y Sancho reciben la visita del huésped integrante de la Santa Hermandad, que acude al establo preocupado por la evolución de las heridas de ambos. Pero don Quijote, que ha vuelto a sus delirios habituales, lo toma por un fantasma y hace enfadar al caballero de tal modo, que acaba siendo golpeado con la lámpara que éste portaba para alumbrar su camino. 

Tras la confección del Bálsamo de Fierabrás (del que ya os hablé en otro capítulo) y su uso con resultados bien diferentes para cada uno de nuestros protagonistas, don Quijote, totalmente repuesto de sus heridas, urge a Sancho (bastante más maltrecho) a abandonar la venta y continuar su camino. 

A la salida, el ventero los detiene, pretendiendo cobrar por los servicios prestados, pero don Quijote rechaza el pago de lo reclamado, alegando que ha sido engañado pues nadie le dijo que aquello era una venta y no un castillo, y tras espolear a Rocinante salió del recinto. Pero Sancho no tuvo tanta suerte y fue agarrado por una serie de huéspedes que se hallaban en la venta y manteado de tal forma, que lo dejaron con peor cuerpo del que ya tenía. 

Un capítulo más sosegado que el anterior. Lo que me llamó especialmente la atención es que don Quijote no hace absolutamente nada por auxiliar a su escudero durante el manteo, cosa que por otra parte sería normal en aquella época porque, queramos o no, el hidalgo era el señor del pobre Sancho, pero Cervantes podría haber dotado de un poco de humanidad al caballero y ayudar a su fiel acompañante. 


Capítulo XVIII: Donde se cuentan las razones que pasó Sancho Panza con su señor don Quijote, con otras aventuras dignas de ser contadas.

En este capítulo, una vez puestos de nuevo en camino, don Quijote y Sancho topan con dos rebaños que, procedentes de dos puntos opuestos, irremediablemente acabarán cruzando sus caminos. Nuestro protagonista, una vez más, con sus visiones, confundirá dichos rebaños con dos ejércitos enemigos que se disponen para la batalla, y así se lo narra a Sancho que, atónito, escucha a su señor pero no hace más que ver cabras. 


Pero nuestro amigo don Quijote, haciendo caso omiso de las advertencias de su escudero, decide prestar sus servicios en la batalla, ayudando a uno de los ejércitos y, sin pensarlo dos veces, se lanza sobre uno de los rebaños de cabras y comienza a alancearlas. Los cabreros, ante tal ataque, deciden defender a sus animales, más como don Quijote va armado, optan por apedrearlo a golpe de honda. Ni que decir tiene que, para no variar, nuestro protagonista queda bastante maltrecho de esta aventura. 

Tras el auxilio de Sancho, ambos desisten de correr más riesgos en el día, por lo que se encaminan en busca de algún lugar donde pasar la noche. Pero todos sabemos ya que ambos son propicios a meterse en líos, por lo que seguramente, un nuevo incidente esté al caer. 

Un capítulo muy entretenido, en el que Cervantes, por boca de don Quijote, nos hace una extensa descripción de los ejércitos e indumentaria, nombres, historias, etc... Y que culmina con el pobre loco de don Quijote arremetiendo contra las cabras, lo que no deja de resultar un tanto cómico ¿no? Como vemos, Cervantes sigue sacando su lado humorístico, a pequeñas dosis, cada pocas páginas, cosa que, junto con la pausada dosificación en la lectura, hace que ésta sea mucho más llevadera de lo que mucha gente cree al pensar en una obra tal como "El Quijote" (lo admito, yo estaba entre ellas, y me está sorprendiendo gratamente).

La semana que viene continúo con otros tres capítulos, para así poder ponerme al día. ¡¡Que tengáis una buena semana!!