sábado, 22 de diciembre de 2012

Recordemos a... Gustavo Adolfo Bécquer.


¡¡Buenas tardes Bloggers!!

¿Yo publicando dos días seguidos? ¡¡Debo estar enferma!! jeje. Todo es fruto de pasar demasiadas horas encerrada en casa estudiando, tranquilos, y no os acostumbréis, que en cuanto acaben los exámenes volveré a la misma dejadez de siempre (yo más rara que nadie...).

Ahora en serio... Hoy tenía que publicar sí o sí. Primero porque, como ya sabéis vivo en Sevilla y el escritor que os traigo hoy es muy importante para la gran mayoría de sevillanos amantes de las letras, y para muchos que no nacieron aquí también, claro. Y segundo, cosa que va íntimamente relacionada con la primera razón, la figura de este hombre ha estado siempre tan presente en mi vida, que como no iba yo a rendirle homenaje en el aniversario de su muerte.

Porque tal día como hoy, hace 142 años, decía adiós para siempre Gustavo Adolfo Bécquer.


No recuerdo si ya os hablé de él en la reseña de Bécquer Eterno (seguramente, porque yo con Bécquer soy de explayarme jejeje), pero por si acaso, recordamos un poquito de su vida...(prometo no enrollarme en exceso, va).

Gustavo Adolfo Claudio Domínguez Bastida nació en Sevilla, el 17 de febrero de 1836. Hijo de José Domínguez Bécquer, un célebre pintor del costumbrismo sevillano. A los nueve años quedó huérfano de padre y madre (su padre había muerto cuatro años antes9 y se trasladó a vivir con su madrina, a la cual abandonaría 12 años después para viajar a Madrid, en busca de fortuna en el campo de las letras.

Pero eran tiempos duros en los que subsistir a base de tus propios escritos resultaba bastante difícil, por lo que tuvo que sobrevivir trabajando de escribiente primero y redactando artículos literarios más tarde, a la vez que escribía zarzuelas y comedias, no pasando pocas penurias.

En 1862 recibe en Madrid a su hermano Valeriano, célebre pintor sevillano ya por esa época, pero con la misma escasez económica. Juntos emprenderían distintos viajes por la geográfia española, ambos buscando la inspiración, el uno para sus cuadros y el otro para sus libros.

En 1858 conoce a Julia Espín, la que sería musa de las conocidísimas Rimas. Pero la vida bohemia de Gustavo no consiguió cautivarla. Pero en 1860 conoce a la hija de su médico, Casta Esteban Navarro, con la que se casaría en 1861 y tendría "tres" hijos: Gregorio Gustavo Adolfo, Jórge y Emilio Eusebio.

Finalmente muere en 1870 a raíz del agravamiento de una tuberculosis contraída, supuestamente, en 1857 y que condenaría al escritor sevillano a un precario estado de salud, con constantes recaídas hasta su muerte. Antes de morir suplicaba a su amigo, el también poeta Augusto Ferrán, que quemasen sus cartas y publicasen su obra, lo cuál sería cumplido en 1871, como homenaje a su memoria y para mantener a su familia.


Y bien, como siempre que hago este tipo de entradas-homenaje, finalizo con un fragmento de alguna de sus obras, y como ya hiciera en su día con Pablo Neruda, he querido buscar algo que no sea de lo más conocido del autor, por si a alguien le pica la curiosidad y decide indagar en sus escritos, cosa que recomiendo jejeje.

Y como sería de esperar que os colgase alguna de sus Rimas, pues no, os voy a colgar un fragmento de una de sus leyendas, una serie de relatos de ambientación gótica, que demostraron que además de un extraordinario poeta era un magnífico narrador:


Y cerrando los ojos intentó dormir. Pero pronto volvió a incorporarse más pálida, más inquieta, más aterrada. Ya no era una ilusión: unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra. Se acercaban, se acercaban. Beatriz lanzó un grito agudo, y arrebujándose en la ropa que la cubría, escondió la cabeza y contuvo la respiración.

Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquélla pareció eterna a Beatriz. Al fin llegó la aurora: vuelta de su temor, entreabrió los ojos a los primeros rayos de luz. Después de una noche de insomnio y terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día! Separó las cortinas de seda del lecho, y ya se disponía a reírse de sus temores, cuando de repente un sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez mortal descoloró sus mejillas: sobre el reclinatorio había visto, sangrienta y desgarrada, la banda azul que había perdido en el monte, la banda azul que fue a buscar Alonso.


(El monte de las ánimas, 1861).


1 comentarios:

Carmen dijo...

Bonita entrada. Ro.!! Me encanta recordar a Bécquer. Pero si me permites, su muerte no se debió a la tuberculosis, creencia extendida para no ensuciar el mito.
Besines,

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