sábado, 10 de septiembre de 2011

Crónica de un robo anunciado

¡¡Hola bloggers!!

Hoy es día 11 de Septiembre, la fecha escogida para la publicación de la nueva propuesta de Maga de Lioncourt. Esta propuesta consistía en escribir una historia que comenzase por una frase generada a través del programa The Story Starter, un programa que da frases aleatorias. Pero no valía cualquier frase, sino que todos los que quisieramos participar debíamos comenzar con la frase que le salió a ella. En este caso la frase de inicio fue ésta:

"The tiny driver created a Twitter account in the backyard to elude the police".

cuya traducción, la utilizada para comenzar el relato es: "El menudo conductor creó una cuenta de Twitter en el patio trasero para eludir a la policía"..

No se decía nada en cuanto a extensión, por lo que me lié a escribir y me ha salido más largo de lo previsto en un principio, por lo que hoy voy a publicar solo la primera parte (los dos primeros folios de mi documento), ya sabeis que no me gustan las entradas excesivamente largas, y mañana y pasado publicaré el resto (es que me ha salido demasiado largo, jeje). Espero que no os importe, pero en cada entrada colgaré los links para ir siguiendo la historia en su respectiva continuación. Aunque salga otro tipo de red social no creáis que me desvío del tema, todo llega a su debido momento... Espero que os guste!!

CRÓNICA DE UN ROBO ANUNCIADO.


“El menudo conductor creó una cuenta de Twitter en el patio trasero para eludir a la policía”, rezaba el titular que iría en primera plana al día siguiente.

-¡Estupendo Edgar! – exclamó el señor Cornwell mientras me palmeaba el omóplato una y otra vez. - ¡Esto llamará la atención del público sin dudarlo! ¡Mañana venderemos como rosquillas! ¡Excelente trabajo! ¡Eh, Sigmund! – gritó al señor Hamsel - ¡Has visto el titular que se ha sacado el chaval de la manga! ¡No es increíble!
-¡Sin duda! ¿Cómo se te ha ocurrido esto muchacho? – me preguntó a la vez que me palmeaba en la espalda como había hecho el otro.

Yo no sabía que contestar, si indignarme y gritarle a aquellos dos que había mucho más que un simple titular y que todo el dinero que pudiesen ganar a su costa o quedarme callado. Era periodista, novato pero periodista al fin y al cabo y había hecho un tremendo esfuerzo para conseguir la máxima información posible sobre aquella noticia que había supuesto un auténtico ataque frente a las autoridades de la ciudad.

A los máximos responsables del periódico local para el que había comenzado a trabajar como becario un año antes, poco le importaban si las noticias que contaba eran veraces o no, daba lo mismo hablar de un asesinato acontecido en el Senado que del señor que vendía perritos calientes en la esquina de Pennsylvania Ave. Solo les importaba vender el periódico con facilidad, no la calidad del mismo.


Pero mis intenciones eran bien diferentes. Hacía tiempo que me habían dado vía libre en la redacción para ocuparme de la noticia que más me llamase la atención. Daba igual la sección a la que perteneciese, lo importante era publicar una noticia tras otra, cada día. Por ello, cuando empezaron a sucederse los atracos a joyerías de la ciudad, no dudé en llevar un seguimiento del caso y de las investigaciones policiales. Y más aún, cuando se supo que los responsables de aquellos atracos eran una banda peculiar, pues se jactaban de sus hazañas vía internet.

Aquella noticia causó un revuelo general en toda la ciudad de Washington. ¿Dónde se había visto que una pandilla de criminales con media docena de atracos a sus espaldas contasen en las redes sociales todos los pormenores de su oficio? Pero lo más increíble del caso es que aquella gente tenía en su página de Facebook la inexplicable cifra de más de dos mil seguidores. Es decir, se comportaban como si fuesen héroes, envalentonados sin duda por la ineficacia de la policía, que llevaba varias semanas dando tumbos sin ser capaces de atraparlos. Más de dos mil almas que seguían la sucesión de aquellos atracos en versión in diferida, contada por sus propios protagonistas, como si de un reality-show se tratase. No era de extrañar que fuese el tema de conversación de todo el mundo, en la calle y los cafés.

Supe de la existencia de esta página en Facebook, precisamente en una de aquellas cafeterías. Estaba contemplando la posibilidad de ir al partido de baseball del equipo de la ciudad y cubrir así la noticia diaria cuando no pude evitar escuchar como en la mesa de al lado, dos adolescentes contaban a un tercero todo el caso del atraco acontecido la noche anterior, incluso con detalles que no habían sido desvelados por la prensa y la televisión. Ni que decir tiene que mi café se hizo muchísimo más largo de lo habitual. No sabía si aquello que había escuchado era producto de la imaginación de los chavales, por eso lo primero que hice en cuanto llegué a casa fue conectar el ordenador y entrar en la red social. Y una vez dentro comprobé que todo aquello era cierto, aunque bien podía tratarse de una página ficticia, administrada por cualquier loco, con el fin de despertar el morbo en torno al suceso.


El caso es que decidí suplir la crónica del partido por un artículo dedicado a los robos en joyerías y el extraño fenómeno fans que estaban desatando sus responsables. Pensé que si la policía estaba al corriente de la existencia de esta página en Facebook, más cerca estaría de localizar y detener a los culpables, y yo tendría la satisfacción de haber contribuido a ello, en cierto modo. Me pasé toda la noche intentando redactar un par de columnas y un titular que despertasen la curiosidad del lector, pues para eso me pagaban, a la vez de dejar el tema abierto para poder seguir hablando sobre el caso en días posteriores, salvando así mi trabajo obligado. Y no me fue del todo mal, he de admitirlo.

A Hamsel y Cornwell, los directores del periódico, les gustó tanto la idea que decidieron ponerla en primera página. Yo, un simple becario, ¡tenía la primera página para mí solo! Sin duda era una gran oportunidad, pues si lo hacía bien en los días siguientes quizá pronto me llegase una oferta de un periódico más importante, pero a la vez suponía un reto y una responsabilidad bastante grande, pues prácticamente todas las ventas del periódico en los días sucesivos iban a depender de mi capacidad para enganchar al lector. Y debía hacerlo bien, si quería abandonar aquel periodicucho en el que no se valoraba la calidad de lo que se contaba. A la mañana siguiente se agotaron todos los ejemplares de nuestra tirada en un santiamén, por lo que pronto me decidí a empezar a trabajar en el caso y obtener toda la información posible.

Lo primero que hice fue acercarme a la delegación policial que se encargaba del asunto e intentar sacarles algún tipo de información a los agentes. Cuando me presenté y enseñé mi acreditación me miraron con cierto recelo, pues el periódico había llegado a la comisaría, y algunos de los agentes implicados en el caso podían haberse sentido ligeramente ofendidos con el contenido de mi artículo, cuyo tono mordaz cuestionaba el trabajo de los oficiales. ¡Es que me parecía increíble que aquellos ladrones fuesen capaces de ir proclamando sus hazañas por internet tan ricamente y que la policía no moviese un dedo! Pero parece ser que aquella crítica surtió efecto y en seguida se pusieron manos a la obra para localizar a esos granujas. Aunque a mí, para mi desgracia, no quisieron desvelarme ningún dato relevante. Sospecho que no tenían nada nuevo que contarme, y que los pobres agentes sabían incluso menos que yo o cualquiera de los dos mil admiradores que tenía la banda en la página de facebook.

Regresé a casa y conecté de nuevo el ordenador. Ya que no tenía información por parte de la autoridad, confié en que los autores de los hechos despejasen algunas de mis dudas. A mediodía, mientras almorzaba frente al ordenador, observé el telediario por el rabillo del ojo. Mi compañero de piso, Frank, raramente estaba en casa, se pasaba todo el día trabajando, pero en estos últimos días lo encontraba siempre mirando las noticias o jugando en la consola a uno de sus juegos de carreras. Estaba sumamente interesado en el caso de los robos. Supongo que para tener conocimientos sobre el modo de proceder de los ladrones y estar prevenido, pues Frank trabajaba en una de las joyerías más lujosas de todo Washington. Ellos tenían grandes medidas de seguridad, no era fácil atracarles, se jactaba mi compañero de piso mientras veía el telediario. Pero sé que en el fondo, no se sentía del todo seguro y deseaba que, si llegaba a producirse el caso, a él le cogiese fuera de su turno laboral.

(Para continuar leyendo esta historia haz click AQUÍ)

3 comentarios:

Elisa dijo...

Wow, ¡sí que hay una buena historia con una frase tan difícil!
Espero la continuación ^^

¡Un saludo!

Maga de Lioncourt dijo...

Buenísimo, me encantó todo el trabajo que pusiste detrás de la frase (y tu protagonista también). Yo usé la frase casi al final, de vaga que soy :-)

Besos y me paso a leer la continuación!!

Patricia O. (Patokata) dijo...

Que buen texto, felicitaciones por tu veta creativa!!

Un saludo!!

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