domingo, 11 de septiembre de 2011

Crónica de un robo anunciado (II).


(Para comenzar a leer la historia haz click AQUÍ).


Aquel día, un inspector de la policía hablaba seriamente ante la cámara sobre la página de internet. Al igual que yo, tenían la duda de si ésta era administrada por los auténticos responsables de los robos, o se trataba de una broma de mal gusto. Pero aseguraron que iban a hacer las investigaciones oportunas y que, fuese quién fuese el responsable de aquello, iba a tener su merecido. Para mi sorpresa, la corresponsal preguntó al oficial sobre la noticia publicada en nuestro periódico y ¡citó mi nombre! ¡Mi nombre en el telediario! El inspector de policía hizo caso omiso de la pregunta de la periodista, y relató los pormenores del proceso de investigación que habían iniciado para localizar a los ladrones y dejó entrever que pensaban que había sido yo mismo el que había creado aquella página con tal de tener algo que escribir que no fuesen simples críticas de películas o eventos deportivos.


Pero Frank me miró y se acercó lentamente hasta mi escritorio. Me preguntó si era cierto lo que habían comentado en la televisión. Afirmé con la cabeza y le indiqué el monitor de mi ordenador, donde aparecía la red social abierta justo en la famosa página, a la vez que negaba toda vinculación mía con aquel tema. Frank dijo que me creía, que lo que había dicho el inspector de policía no eran más que excusas para intentar enmascarar la ineficacia de su trabajo.

Al percibir mi interés para con aquella noticia y ser consciente de la gran oportunidad que representaba aquello para mi carrera en el periodismo, Frank, que además de compañero de piso era mi mejor amigo, se comprometió a hacer todo lo posible para ayudarme y me prometió que iba a hablar con unos cuantos conocidos suyos que tenían más experiencia que nosotros y que habían crecido “en la calle” por si podía sacarles alguna información adicional, a lo que yo contesté que iba a ser imposible encontrar información más jugosa que la que nos proporcionaban los mismos ladrones. Frank me contestó que ya se vería si eso era imposible o no.

Miré a mi amigo impresionado, y al hacerlo supe que sería capaz de aportarme datos reveladores en cuanto al caso. Si alguien era capaz de lograrlo, ese era Frank sin duda, aunque nadie lo juraría por su aspecto. Era un chico más bien bajito, muy delgado, quizá demasiado, rozando el límite de lo saludable. Tenía el cabello rubio y unos grandes ojos grises, que ocultaba detrás de unas gruesas gafas con montura de pasta. Tenía la pinta del típico ratón de biblioteca, aunque no lo era, ni siquiera había terminado el instituto.

Una vez me contó que desde pequeño siempre había tenido aquel aspecto frágil y desvalido, lo que fue aprovechado por los chicos más fuertes del colegio, que se mofaban de él por diversión. Esto acabó por convertirlo en un chico retraído, con miedo, hasta que a los doce años conoció a Taylor, un chico de los más fuertes y populares del colegio. Taylor había sido castigado y debía permanecer dos horas más en el colegio una vez acabadas sus clases. Allí estaba, sentado en el aula, esperando pacientemente a que terminase su periodo de reclusión, cuando Frank entró en la misma clase para observar los animales conservados en formol que habitaban al fondo del armario. Mi amigo observó detenidamente a Taylor, que mantenía la vista pegada al libro de matemáticas, y entró en el aula con desconfianza. Temía que el grandullón se percatase de su presencia y corriese presto a darle un par de sopapos, como hacían todos los de su calaña. Pero éste no se movió. Parecía demasiado concentrado en intentar comprender lo que decía el texto que tenía ante sus ojos.


Quince minutos después, Taylor levantó la vista del libro y le dijo:

-¡Eh, tú! ¿Cómo andas de matemáticas?
-Esto… bien, más o menos – contestó tímidamente Frank.
-Entonces puedes ayudarme con esto ¿no? Tengo que entregárselos al director antes de irme a casa.

Frank se aproximó a la mesa que ocupaba el muchacho y echó una ojeada a sus apuntes. Estaban tomados rápidamente y algunos de los datos habían sido copiados de forma errónea. Frank le explicó lo que tenía mal y como debía hacer los ejercicios.

-¡Gracias cerebrito! – le gritó Taylor una vez acabados sus deberes mientras salía por la puerta.

Un par de días después, mientras Frank estaba siendo molestado en el recreo, Taylor salió en su defensa. Favor por favor, el grandullón lo había librado de sus acosadores. Aquel suceso cambió para siempre la vida de Frank. Desde aquel día ayudó en sus estudios a Taylor a cambio de su protección. Éste le enseñó como desenvolverse en la vida y defenderse de las agresiones y las burlas pese a su menudo aspecto. Si no servían los puños serviría el ingenio. Y de eso Frank tenía, y mucho. Así es como con el paso del tiempo mi compañero de piso se convirtió en el más leal de los amigos de aquel grandullón que estudiaba matemáticas durante los castigos.

Gracias a aquella amistad Frank era un tipo seguro de sí mismo y de sus posibilidades. Por eso confié ciegamente en sus palabras, si él decía que me aportaría algo importante es que lo haría. Frank no se metía en problemas, pero como he dicho, conocía a gente que se ganaba la vida de forma no muy legal. Aunque jamás pensé que ocurriría lo que sucedió en días posteriores.

Alguien, tuvo la ocurrencia de desafiar a los ladrones. Este individuo en cuestión, les propuso el contar su próxima gesta en directo, con el fin de ridiculizar a la policía de la ciudad. Pero aquella propuesta era un arma de doble filo, pues el contar cada uno de sus pasos conforme los iban realizando podía suponer un mejor seguimiento por parte de las autoridades. Era como llevar a la banda directamente al matadero. Lo primero que se me ocurrió fue que aquella propuesta venía de parte de la policía bajo una identidad anónima, y que los ladrones desecharían el reto. Pero resultó que eran un poco chulillos y para sorpresa de todos, aceptaron el desafío, anunciando que iban a pensar cómo hacerlo y lo revelarían un par de días después.

Y el anuncio no se hizo esperar mucho. Desde su página oficial colgaron un link que abría un perfil de Twitter, junto con una nota diciendo que en el momento más inesperado podía ocurrir algo. Recuerdo que desde aquel anuncio cargaba con mi portátil todo el día, me lo llevaba a la redacción y entraba cada diez minutos en twitter para ver si había novedades. Pero no sucedía nada nuevo. Durante casi una semana tuvieron a toda la ciudad pendiente de la nueva red social sin dar señales de vida. La policía se había hecho con los servicios de expertos informáticos que pudiesen localizar a los ladrones en el momento del robo a través de la detección de la IP con la que actualizasen el perfil de internet.

Lee el desenlace de la historia aquí

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