jueves, 21 de julio de 2011

"Adictos a la escritura" y relato corto.

¡¡Hola Bloggers!!

Como ya anuncié en facebook este mediodía hoy os traigo un relato corto, iba a colgar solamente la primera mitad para no hacer esta entrada excesivamente larga, pero como la extensión del relato era de solo dos páginas, al final he decidido colgarlo completo.



Pero antes os voy a poner en situación sobre el mismo. Hace casi un mes, descubrí un blog llamado Adictos a la escritura. Este blog, para los que no lo conozcais, es como un club, en el cuál se proponen una serie de proyectos mensuales basándose en un tema determinado y cada uno de sus miembros tiene que escribir un relato, ajustándose a las bases que establezcan, sobre dicho tema y publicarlo. No estás obligado a participar en todos los proyectos, pero sí una vez cada tres meses. Estos proyectos sirven, entre otras cosas, para obligarte a seguir escribiendo y además de eso, entre todos sus miembros te pueden ayudar a crecer literariamente hablando, a mejorar un poco tu estilo. A este grupo también pertenecen otras escritoras, algunas ya publicadas, como Karol Scandiu y Erzengel.

Pues bien, yo envié mi solicitud para unirme al grupo, pero solamente actualizan la lista de miembros una vez al mes, y ya estaba actualizada, así que hasta el otro día no recibí la confirmación de que estaba aceptada. Así que a partir de Septiembre empezareis a ver publicados los proyectos de dicho blog en los que participe.

Pero como cuando me apunté aún no sabía si ya habían actualizado la lista de miembros o no, decidí sumarme al proyecto del mes de Julio y escribir un relato, por si acaso me aceptaban antes de la fecha prevista. Como el blog cumplía un año, el tema de este mes era el aniversario o cumpleaños. Así que aquí está mi relato, espero que os guste:

Eterno Aniversario (1ª parte)



Se aproximaba su cumpleaños, pero ésta vez sería diferente. Hacía una buena temporada que había perdido las ganas, estaba muy enfermo y le inundaba el presentimiento de que no iba a durar mucho más. Ni siquiera sabía si la poca vida que le quedaba alcanzaría los seis días que restaban para soplar las velas. Ese año era muy especial, cumpliría cien años. Un siglo de vida, un siglo de historias que contar. Pero él ya no se veía con fuerzas. Tenía el presentimiento de que no llegaría al gran día.

Toda la familia andaba muy ajetreada preparando la gran fiesta, y no se habían percatado de su verdadero estado. Aparentemente estaba bien, como siempre, pero interiormente se sentía cansado, rendido, había decidido dejar de luchar. Él ya había vivido mucho, ya era hora de que vivieran otros. Quería descansar. Pero le apenaba enormemente que esto sucediese a escasos días de su cumpleaños.

Siempre le habían gustado las fiestas, en especial las de cumpleaños. Los regalos, las sorpresas, el pastel preparado especialmente para la ocasión. De pequeño invitaba a sus amigos, de mayor lo celebraba con su esposa e hijos. Y ahora, cerca del centenar de años, lo celebraba con todos sus nietos y bisnietos. La casa se llenaba de niños en cada cumpleaños y quizás, eso era lo que más le gustaba. Le encantaba la alegría y las risas con las que los pequeños inundaban la vieja casa familiar, esa despreocupada felicidad que acababa por contagiar a todos los presentes mientras duraba la celebración.

Hacía muchos años que su dulce esposa lo dejó para siempre. Afortunadamente, su hija volvió a la casa con toda su familia, para que no estuviese el resto de su vida solo. Y lo que es aún mejor, se preocupó por aprender la receta del pastel que su madre preparaba año tras año, manteniendo así la tradición familiar. Ese pastel era exquisito. Se le hizo la boca agua, al mismo tiempo que se le inundaron los ojos de lágrimas.

-¿Por qué lloras abuelo? – le preguntó la más pequeña de sus nietas, que llevaba observándolo un buen rato.
-Lloro de emoción querida.
-Porque se acerca tu cumpleaños y estás nervioso ¿verdad?
-Sí, y porque esta vez voy a subir a celebrarlo con la abuela.

La chiquilla no entendió a qué se refería el anciano, pero fue y se lo contó a su madre. Ésta salió de la cocina y miró a su progenitor con gesto preocupado. Últimamente el anciano había estado más callado y retraído de lo normal. O quizás tenían tanto trabajo que no habían tenido tiempo para preocuparse por su salud y sus inquietudes.

-Papá… ¿Qué tonterías dices? – protestó su hija.
-Nada, solo digo que este cumpleaños no lo celebraré con vosotros. Ha llegado mi hora, lo sé, y antes de que llegue el día de la fiesta estaré allá arriba, con tu madre.
-No diga usted eso hombre – comentó su yerno. – Piense en la gran fiesta que le estamos preparando, verá como se le olvida toda su melancolía.
-No voy a llegar, creedme. Pero mi partida no es motivo para estar triste, todo lo contrario, he tenido una vida larga y difícil. He trabajado duramente para conseguir todo lo que tengo y que a mis hijos no les faltase nada. Cuando mi esposa murió, una parte de mí se fue con ella. Ya es hora de que volvamos a reunirnos en ese otro lugar, donde ella está esperándome. Y cuando llegue, tendré un fantástico pastel sobre la mesa, para celebrar ambas cosas, mi cumpleaños y nuestro ansiado reencuentro. Yo estaré feliz y podré al fin descansar como merezco.

Tres días después de aquella charla, el anciano abandonaba este mundo. Lo hizo apaciblemente, mientras dormía, con una sonrisa en los labios. Al fin se iba a reunir con su querida esposa. Faltaban tres días para la fiesta de cumpleaños.
La familia lloró amargamente la pérdida. En el recuerdo de todos perduraría para siempre aquel dulce viejecito que les contaba historias del pasado sentado en su viejo sillón. Ese mismo hombre que en cada fiesta de cumpleaños se empeñaba por reunir a toda la familia, desde diversos puntos del país, para celebrarlo juntos por todo lo alto. Ahora toda la familia estaba reunida, tres días antes de lo previsto, pero por otro motivo bien diferente, su funeral.

Más cuando acabaron los funerales y las misas por el alma del anciano, ninguno de sus hijos volvió a su ciudad, todos permanecieron en el antiguo caserón familiar. Todos esperaron que llegase ese día, el día en que el patriarca hubiese cumplido un siglo de vida. Adornaron la casa como si él se encontrase todavía entre ellos, y se reunieron en torno a la gran mesa del comedor, como todos los años. Apagaron las luces y mientras la hija mayor se aproximaba lentamente a la mesa, con el gran pastel de cumpleaños con todas las velas encendidas, entonaron solemnemente la canción para felicitar al abuelo.

Ese año fue especial, sí. El anciano escuchó el cántico que le brindaba su familia con una sonrisa, cerró los ojos, pidió un deseo y sopló desde el más allá. Lo hizo con todas sus fuerzas. Justo cuando terminaban de cantar, una ráfaga de aire corrió ligeramente por el viejo salón, apagando una a una todas las velas.

Desde entonces, pese a su ausencia, la familia sigue reuniéndose al completo cada año, para celebrar el aniversario.

Rocío Encarnación Cruz (2011)

Safe Creative #1107109649297

2 comentarios:

Patricia O. (Patokata) dijo...

!Que bello y emotivo quedó tu relato! seguramente el abuelo se fue más tranquilo viendo que le celebraban su aniversario después de todo. Disculpa que demorara tanto en pasar, recien hoy me hice tu seguidora pero yo también hace poco estoy en adict@s. Seguramente ninguno de sus miembros sepa de tu texto ya que ya hubieran pasado a comentarlo.
Un gusto leerte!!

Saludos!!

ibso dijo...

Un relato bien escrito y muy tierno. Utilizas palabras sencillas para trasmitir los sentimientos y el estado de ánimo de los personajes, y eso me gusta mucho. Te felicito por tu participación en el proyecto de AE del mes de julio, esté o no fuera del mismo.
Un saludo
ibso

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